La Linière, el fin de la última parada al paraíso

A las afueras de Grande-Synthe se encontraba el campo de refugiados de La Linière. Fue el primer centro humanitario de Francia inaugurado en marzo de 2016. En abril de 2017, apenas un año después de su inauguración, un incendio provocado por una reyerta entre afganos y kurdos iraquíes se cebó con el campo de refugiados y redujo el complejo a cenizas, hubo diez heridos leves, algunos por arma blanca y otros por inhalación de humo. En la actualidad, se encuentran realojados en otros campos de refugiados repartidos por Europa. La Linière, la última esperanza de los huidos de la guerra, desapareció trágicamente. El gobierno francés dejó claro que el campo no iba a ser reconstruido.

En la entrada de este emplazamiento había una gran mole de madera donde los refugiados recargaban sus teléfonos móviles, su posesión más preciada. En una esquina de esta construcción había una improvisada peluquería. Ahí estaba Jawid (17 años), este joven afgano huyó de su país por culpa de los talibanes, cruzó Irán y llegó a Turquía. Poco después cruzó el mar Mediterráneo hasta Serbia y de ahí alcanzó Alemania hasta Francia, donde llevaba diez meses. Tenía ojos profundos y tristes, sin luz, cara envejecida e impertérrita como si nada sesgara su ánimo apagado. Hablaba arrastrando las palabras de igual forma que si estuviera exhausto, con voz triste y cansada nos dijo que más de cincuenta personas dormían apiladas en las cocinas comunitarias.

Junto a él estaba Abdelmalek, otro refugiado afgano de 17 años. Cruzó Turquía hasta Bulgaria, desde allí se encaminó hasta Serbia llegando a Francia en mayo de 2016, llevaba cuatro en La Linière. Risueño y de cara alegre, busca su oportunidad para cruzar a Reino Unido y poder estudiar informática. Cerca estaba Kaptan (20 años), kurdo. Huyó de Suleymaniya por la guerra, pasó por Alemania antes de llegar a La Linière en el pasado noviembre. «Reino Unido es bueno para mí», decía mientras se limpiaba la cara tras afeitarse.

Dejando atrás esta primera estructura había un solar donde algunos refugiados habían improvisado un campo de cricket donde estaban jugando. También había dos mezquitas al aire libre, varias alfombras grandes cubrían el suelo y un ladrillo de hormigón señalaba a la Meca.
Dilşad (25 años), un joven kurdo que nos relató que vienía de Mosul y llevaba una semana en el campo de refugiados: «no hay vida en Iraq, la televisión muestra como está por la guerra». Ha estado en Noruega antes de acabar en La Linière. Quería ir a Londres, Reino Unido es una nueva oportunidad en su vida.

«no hay vida en Iraq, la televisión muestra como está por la guerra»

A partir de este solar, convertido en una especie de plaza, comenzaba la zona en la cual estaban las chabolas, de apenas seis metros cuadrados, donde los refugiados dormían. Sardar (32 años) y su hijo Zia, contaron que abandonaron Mosul hacía siete meses huyendo del Estado Islámico. Intentaba explicar que su pequeño tenía talasemia, una enfermedad genética que le provocaba una anemia hereditaria y que para tratarse necesitaba una transfusión de sangre al mes, nos enseñó el ojo de su hijo para demostrar que estaba enfermo. Su marido narró que salieron del Kurdistán hacia Turquía, allí cruzaron en barco hasta Grecia y después llegaron a Francia. Shima (22 años), es una refugiada kurdo-iraní que fue deportada a Italia, junto con su marido, después de estar dos meses en Reino Unido. Desde allí volvieron a Francia para intentar retornar a territorio británico, llevaban un mes en La Linière.

A los lados del camino, que dividía el campo en dos, había unos fogones donde algunos se reunían para calentarse, cocinar o hablar, muchos quedaban absortos en las llamas de la fogata. Dos grandes comedores comunitarios fueron construidos para alimentar a las 1500 personas que habitaban este lugar. En el interior se confirmaba lo que Jawid dijo a la entrada de La Linière, decenas de refugiados dormían tendidos en el suelo y envueltos en mantas.

Cerca había un parque de juegos y un centro para niños donde se distraían cuando volvían de la escuela, cada mañana iban al colegio en Dunkerque y Grande-Synthe. Cerca había una biblioteca gestionada por voluntarios, centros de salud y asistencia psicológica se distribuían entre las barracas en las que intentaban hacer vida los refugiados. Firuz (65 años), explicaba que llegó desde Kabul y que su hija, que vive en Londres, le estaba ayudando a obtener los papeles necesarios para ir a Gran Bretaña. Tiene mirada intensa y penetrante, pero fatigada, después de hablar continuó su camino cabizbajo con las manos en la espalda.

La vida en este entorno empezaba por la tarde y se desarrollaba de noche, cuando muchos se preparaban para intentar escapar de Francia y probar suerte en los camiones que van a Reino Unido. Los que fracasaban volvían y descansaban de día para intentarlo de nuevo al día siguiente.

La gran mayoría de refugiados eran afganos y kurdos. Algunos jóvenes kurdos no dudaban en danzar cerca de las candelas que iluminaban el campo de noche. Entre ellos estaba Ismael (21 años), es de Suleymaniya, de la que huyó hace dos años debido a la guerra, intentaba cuidarse y mantener un aspecto saludable y limpio. Detrás suya, en una caseta abierta, otros jóvenes escuchaban música y tocaban el tambor siguiendo el ritmo, acto seguido se subió el volumen y varios de ellos comenzaron a bailar, celebraban que entraban en el año 1396 del calendario persa.

Abdullah Adalat, un hombre de estatura media y delgado, abrió la puerta de la chabola donde vivá con su esposa (Bekal), sus cuatro hijos (Bilal, Nza, Nada y Abdullah Adalat) y un joven llamado Ali Peshawa, amigo de la familia. El suelo de la barraca estaba cubierto por mantas, en una parte ropa y más mantas ocupaban bastante espacio del poco que ya tenían, al lado de la puerta un hornillo y un mueble viejo de madera donde guardaban té, leche o galletas.

Sentado en el suelo contó su peripecia. Huyeron de Suleymaniya por la guerra hace cinco meses cruzando Iraq y Turquía hasta llegar a Grecia, después Italia y más tarde llegaron a Francia. Llevaban un mes en La Linière y pensaban en dos países para asentarse, Alemania o Reino Unido. Cruzar el canal de la Mancha le obligaría a pagar 3.000 libras por persona una vez llegados a territorio británico, si no llegan y son deportados no pagarían nada.

Un voluntario que trabajaba en el campo de refugiados confirmó que había grupos que se dedicaban a hacer negocio con los demás refugiados cobrándoles a cambio de ayudarles a cruzar a Reino Unido. La tensión entre estas camarillas provocó apuñalamientos e incluso disparos, a principios del mes de marzo de 2017 se produjo un tiroteo. Estos grupos únicamente tenían problemas entre ellos, no con voluntarios u otros refugiados, aunque se ponían nerviosos si veían periodistas o fotógrafos cerca. De hecho, fuimos amenazados y perseguidos durante nuestra estancia en el campamento.

La alcaldesa de Calais habilitó tres puntos de distribución de alimentos: uno está en Rue des verrotières, otro en el estadio municipal y el tercero en la estación de tren. La mayoría de los refugiados eran de Etiopía, Sudán, Eritrea o Somalia, aunque también había un chico palestino. Pese a la mezcla de religiones no había conflictos entre ellos por esta causa, pero sí por cuestiones nacionales y de racismo, se han dado conflictos entre asiáticos y africanos por esta cuestión. Uno de los voluntarios ha acogido a un chico sudanés en su casa, asegura que otros han hecho lo mismo, a su lado se encontraba su protegido, un joven alto y delgado que sonreía feliz mientras apuraba un té.

Desde el desmantelamiento del campo de refugiados la Jungla y el traslado de estos a otros lugares, el número de asilados en Calais se ha reducido de 10.000 a entre 300-400 personas. En los últimos tiempos se ha notado un ligero aumento, a pesar de que las condiciones ahora son mucho más duras que en la época en la que estaba el campamento. Al carecer de refugio debían esconderse en los bosques de alrededor de Calais, eso conllevaba un gran peligro ya que la noche anterior el termómetro marcó una temperatura de 3 grados con una sensación térmica de 0°.

De nuevo en Grande-Synthe los niños jugaban entre la basura acumulada en la callejuelas del campo, ajenos a la trágica situación por la que estaban pasando. Frente a ellos, en la esquina de una barraca, estaba Shirin (24 años), mientras llegaba Caruan, su marido (27 años). Contaron que se casaron hace apenas un año y no tienen hijos, el joven relató que abandonaron Erbil hace un mes debido a la guerra contra el grupo terrorista Estado Islámico. Describió su ruta desde Turquía hasta Grecia cruzando el mar Egeo en barco, más rápido pero mucho más peligroso. Su único propósito era ir a Reino Unido para buscar una vida mejor y dejar atrás el sufrimiento y la guerra.

La última oportunidad que estas almas desdichadas tenían para cruzar a Reino Unido, y lograr su sueño, desapareció pasto de las llamas una semana después de nuestra visita.

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